Bastaba estudiar el estilo de sus movimientos para comprender el apelativo que la prensa le otorgó al asesino de romances. Alguien, alguna vez, le calificó de consumado artista del adiós. Él, sin embargo, se definía a sí mismo como diseñador de escenas de estación: “Subir a la máquina con las maletas justas, ni una más, dejando en tierra la fruta perecedera. Sacudir, con toda la fuerza del cuerpo, el pañuelo a fin de airearlo lo suficiente como para lanzar el perfume contra los andenes. Abrir los ojos como un par de objetivos y fotografiar mentalmente la perspectiva de los raíles devorados. Luego, cambiar de nombre y a ser posible de huellas dactilares”.
Gozar de otra femineidad le exigiría, en el futuro, una postiza virginidad en la piel, tal que pudiera ofrecerla como plato exclusivo. Sabía perfectamente que en ello residía su propia regeneración, y que no vestiría camisa nueva, en tanto que la última no perdiera su honra a manos del champagne bebido en horizontal. Ya fuera por alguna mancha, ya por las oscuras intenciones que se subliman a las burbujas.
Aquel día no dejó de sentirse nostálgico. La lluvia o lo que narices fuera, lo había desmontado sobre sus memorias ancestrales, como si se tratara de un monigote de cartón descolorido en medio de la niebla. Luego, en su libro de crónicas sobre el clítoris, escribió en un último mensaje a modo de epitafio:
“Estoy absoluta y completamente solo. Únicamente me tengo a mí mismo y a media docena de fotografías que me observan cuando intento conciliar el sueño. Pero no es lo que realmente me preocupa es que nadie lo sepa…
El asesino de romances se levantó del escritorio contento, por una vez la amistad y el amor había triunfado en uno de sus relatos. Levantó los ojos y no vio a la ninfa en el espejo cuarteado, el espejo se rompió en mil pedazos y entonces fue cuando supo que había vuelto asesinar.
(Continuará...)
A este cabroncete ...lo voy hacer un serial aquí...Estoy agotada! Pero...émpeñé mi palabra con Tania y Carletes.
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